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Gula

Se encontraba en la calle, con el frío calándole a pesar de la pelliza. El idiota de su jefe volvía a llegar tarde, considerablemente tarde. La había invitado a uno de los pequeños negocios clandestinos que a veces surgian en aquella ciudad retrógrada y llena de prohibiciones. Nadie sabía exáctamente cómo o por qué, pero esa ciudad era un micropaís que se había anclado en normas intolerantes y ni sus vecinos ni las organizaciones gubernamentales de otros países se atrevían a intervenir. Una teoría era que debido a la gran cantidad de prohibiciones, el submundo había alcanzado un nivel de organización y efectividad tal que había terminado centralizando el submundo del resto del mundo. Quizás fuera así, sería una explicación que se ajustaría al miedo que tenía cualquier país para ejercer presión y que la ciudad pasara a respetar completamente los derechos humanos.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos cuando al fin su jefe apareció doblando una esquina, con una sonrisa arrogante en su cara y vistiendo un traje y una gabardina que costarían más que el salario que ella ganaba en todo el año. Lo cual no era dificil teniendo en cuenta que allí, entre el salario menor y las tasas de género, le quedaba una miseria con la que a duras penas podía subsistir humanamente. En cuanto al fin lo tuvo a su lado, sintió como la acercaba a él rodeándole la cintura con el brazo que terminaba bajando hasta agarrar su culo con un descaro tal, que en cualquier otro lugar del mundo le valdría una bofetada da cada una de las personas que lo vieran. Sin embargo, allí ella se tenía que forzar en sonreír y aceptar silenciosamente el acoso mientras procuraba aguantar las arcadas por el comportamiento que tenía.

-Hola Julia. -el aliento le apestaba a tabaco y menta- ¿Me echabas en falta gatita?

-Alberto -la sonrísa era tan falsa que no entendía como no podía notarla- Te he echado en falta tanto como a una infección vaginal.

La miró con una sonrisa socarrona antes de prorrumpir en carcajadas y empezar a guiarla, arrastrarla más bien, hacia una de las casas adosadas cercanas. Iban, de hecho, a la que estaba al final de la calle, haciendo esquina con un callejón pobremente iluminado que servía para la recogida de deshechos de aquella zona residencial sin que los camiones interrumpieran el tráfico normal. Llegaron hasta la puerta sin que retirase su brazo de su cintura ni la mano de su culo. Él iba absorto en contarle algo acerca de un par de candidatos a redactores para el periódico en el que trabajaban, sobretodo después del incidente con la explosión de la destilería. En él habían terminado muriendo los compañeros a los que iban a reemplazar y que se encontraban allí por casualidad. Aunque de esa casualidad se habían aprovechado otros compañeros para exponer la fabricación ilegal de alcohol en algunos sótanos de la ciudad. Malditos carroñeros.

La mano de Alberto al final abandonó el repugnante contacto con ella para llamar a la puerta, al parecer con un ritmo determinado que era una especie de señal acordada, ya que no tardaron demasiado en entreabrir la puerta y ser revisados de arriba a abajo por el ojo que apareció en la ranura. Tras un momento en que el ojo se quedó mirando a su jefe, la puerta se cerró y se escuchó un sonido metálico antes de que se abriera completamente para dejarles pasar al recibidor. Sujetándoles la puerta, un hombre alto, desgarbado y con pinta de necesitar un afeitado desde hace unos días, enfundado en un traje que no terminaba de quedarle bien.

-Si me permiten, -dijo con voz grave mientras alargaba el brazo libre hacia ellos- tomaré sus abrigos mientras ustedes pasan al salón y se sientan en la mesa que tienen reservada.

Alberto no tardó en quitarse su gabardina antes de dirigirse hacia la puerta doble tras la que se veía el comedor. Una tos impaciente hizo que entrara al fin al recibidor, donde se quitó apresurada la pelliza ante la mirada del portero, que empezaba a brillar con lujuria al quedar al descubierto el vestido ajustado que Alberto le había regalado para que se pusiera esa noche. Incómoda, entregó la prenda y siguió los pasos de su jefe para entrar en el salón. Pudo ver, una vez dentro, que había apenas unas cuatro mesas repartidas por un salón cuyo único punto de discordancia en el mobiliario era un biombo que separaba una en la esquina cercana a la puerta que daba presumiblemente a la cocina, puesto que un camarero aparecía en aquel momento con un par de platos que depositaba en ella. Sin duda, los ocupantes no querían ser reconocidos ni siquiera a pesar de la exclusividad del lugar. Alberto sin embargo estaba allí, despidiéndose de quien estuviera sentado en la mesa para dirigirse a ella y guiarla a una de las libres donde se dejó caer en la silla a la espera de que ella se sentara por sí misma.

-Bueno, me he asegurado de conseguirnos un menú degustación para probar casi todos los platos que pueden servir. -ver cómo hinchaba su pecho era como ver un globo a punto de reventar- Eso si, sirven principalmente carnes... exóticas.

Lo miró interrogante. Había tenido un momento de duda antes de decir la última palabra, una duda que sonaba demasiado rara. Sin embargo ella prefirió, ante su silencio y viendo que volvía su atención a su móvil y el cigarro que se acababa de encender, sonreír y concentrarse en ver a los demás comensales en la sala.

El más cercano a ellos y único, en la mesa de al lado, era un anciano enjuto y nervioso que comía solo. En su plato a medio comer se apreciaba carne finamente fileteada dispuesta sobre una cama de verduras. No era capaz de reconocer la carne por su aspecto, pero había algo que le llamaba la atención con más fuerza que el plato y eran la copa y la botella de vino que le acompañaban la comida. Suponía que la sorpresa le había cambiado la cara o que había dejado la mirada fija en la botella demasiado tiempo, porque la voz del anciano le hizo ver que le prestaba más atención a ella que al plato.

-Vaya señorita, parece que es la primera vez que viene por aquí. -tomó la copa y dio un sorbo con el que se deleitó antes de tragar- Esta es una de las pequeñas perlas, junto a la comida, que hace de este sitio un gran restaurante y que le obliga a permanecer oculto a la vista de las autoridades. Le recomiendo para usted y su acompañante una botella de cosecha que tienen recién traída.

-Gracias por la recomendación Aquiles. -detrás de ella, Alberto se había girado hacia el anciano- Me alegra verte con buena salud. El otro día estabas demasiado pálido.

-Oh, Alberto. No le te había reconocido. Creo que la joven dama con la que estas me ha distraido, ya que sueles estar con otras "compañías". -la sonrisa del anciano, aunque tranquila, tenía algo que no cuadraba del todo con el tono de sus palabras.

-Espero que no te falte la medicina viejo "amigo", no me gustaría verte mal de nuevo.

El tono que Alberto había usado hizo que Julia se girase hacia él. En su rostro la sonrisa era tensa, lo mismo que la posición de su cuerpo, fruto de que algo lo había incomodado, aunque ella no era capaz de entender qué ocurría en la conversación entre ambos. El ambiente iba cargándose poco a poco y aunque la mirada que se dirigían había durado unos segundos, era obvio que había mucha más hostilidad de la que cabría esperar.

-Bueno amigo mío, espero sepas disculparme. -Aquiles alzó la copa hacia ellos- Me gustaría acabar de comer antes de irme y estoy seguro de que terminaré, una vez más, llegando tarde.

El anciano volvió la atención a su plato mientras el camarero llegaba con los primeros platos de la degustación, lo que hizo que Julia centrase su atención en la vistosa presentación, pero incapaz de reconocer lo que servían por el nombre de cada plato. Quería preguntar a su jefe que había pasado en aquella pequeña conversación, pero un poco de atención a sus gestos le permitía ver que estaba actuando de manera mecánica y que la jovialidad que mostraba era mera fachada. El camarero  servía plato tras plato, de los que iban dando cuenta con cierto apetito. No fue hasta que el anciano se marchó al poco de empezar a comer, cargando un maletín y sin despedirse, que Alberto se relajó y poco a poco fué volviendo a ser el de siempre.

Cuando estaban dando fin a la botella de vino y al décimo plato, llegaron los postres con los que se cerraba la degustación. Una especie de barquillo salado y crujiente con caramelo y helado, que aunque raro de sabor, no era desagradable de comer. Su jefe empezaba a mostrar los efectos del alcohol, tan poco acostumbrados como estaban los habitantes de la ciudad, con su voz ligeramente pastosa, la cara roja y risas tontas. Ella también notaba que la cabeza le daba vueltas, aunque no era algo exagerado y sabía que podría llegar a casa.

-Bueno gatita, creo que con esto hemos terminado. -dijo tras terminar de devorar la última cucharada del postre- Espero que te haya gustado. No todos los días tienes la suerte de poder probar una comida así en un restaurante tan exclusivo y exquisito como este.

-Me ha sorprendido mucho la verdad. Gracias por traerme aquí Alberto. -por una vez no sintió necesidad de vomitar tras pronunciar su nombre- Aunque supongo que será algo que haces con todas a las que intentas seducir.

-Oh, por supuesto que no Julia querida. -sonreía con un descaro alcohólico- Las otras se podían conformar con restaurantes normales. Tu merecías algo especial.

Mientras iba diciendo las últimas palabras acercó su rostro al de ella. Julia se tensó por un momento, consciente de lo que iba a pasar, indecisa al pensar que a pesar de ser una mujer casada, deseaba que pasara, aunque fuera por culpa del alcohol. Pero en el último momento, se detuvo, sabiendo que podían sentir el aliento del otro en los labios. La miró a los ojos y se retiró llevándose la mano al rostro.

-Lo siento gatita, creo que estoy demasiado bebido. Si no te importa, vamos saliendo. -se levantó de la mesa, dando por finalizada la cena y el momento que habían estado a punto de compartir- ¿Podrías esperarme fuera gatita? Tengo que resolver un par de cosas antes de marcharme.

No esperó a que ella terminase de levantarse para dirigirse a la mesa tras el biombo donde empezó a hablar con alguien. Ella mientras tanto se encontraba desconcertada, por un momento había supuesto que terminaría pasando lo que todas contaban en la oficina acerca de él, pero lo que acabó ocurriendo era algo raro. Sus últimas palabras eran nerviosas y no se había molestado en mirarla. Con la cabeza ligeramente embotada se dirigió al recibidor, donde el portero le tendió el abrigo ayudándole a ponérselo antes de abrirle la puerta. El aire frío de la noche hizo que se le despejara el mareo parcialmente y decidió no quedarse quieta y moverse un poco mientras esperaba a que Alberto saliera.

Escuchó el sonido de un vehículo en el callejón y comprobó la hora. Suponía que era demasiado pronto para que los camiones de basura pasaran y los números en su móvil lo confirmaba, por lo que paso a paso se acercó a la entrada del callejón para ver cómo una gran furgoneta oscura estaba detenida, con el motor en marcha, mientras en la parte de atrás descargaban algo bajo las órdenes del camarero del restaurante. Supuso que sería una entrega de la carne y se debatió entre la curiosidad por conocer de que animal era y la indiferencia de saber que dada la naturaleza clandestina del lugar, era normal la hora del reparto. Pero el sonido que escuchó cuando empezaron a mover la carne hacia la casa hizo que se detuviera. Había trabajado mucho tiempo en un hospital antes de mudarse a aquella maldita ciudad como para no reconocer el sonido que producen las patas de una camilla al desplegarse. Miró con atención hacia los hombres y se quedó helada al descubrir que lo que llevaban hacia la casa eran varias bolsas para cadáveres.

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