En lo alto de una torre, en una habitación inundada de luz en una esquina aun mejor iluminada, escribía absorto sentado en una silla, el Narrador. No sabía cuanto tiempo llevaba allí, escribiendo, pero al fin y al cabo era su trabajo y para lo que había nacido. Todas las historias pasaban por sus manos, desde historias fugaces en la mente de solo un niño hasta las historias intemporales que toda la humanidad conocería. Y aunque era para lo que había nacido, a veces se cansaba de estar encorvado sobre el libro de infinitas páginas donde transcribía historia tras historia. No tenía edad y si un espectador entrase a esa habitación lo vería como un adulto, pero otro vistazo le revelaría un anciano y si mirase de nuevo detenidamente vería un joven. O una combinación rara de los tres a la vez. Por suerte no había un espectador que necesitara pensar en como era posible, ya que en la habitación solo estaba él. Y estaba absorto escribiendo los detalles de un temible enemigo que estaba sien...