La noche se iba haciendo más oscura a medida que el sol terminaba de ocultarse tras el horizonte. La luna nueva daba más profundidad a las sombras y parecía que ni siquiera el farol sería capaz de traspasarlas. Avanzó por el camino conocido, sin necesidad de verlo, guiándose con una mano apoyada en una cuerda que estaba en el suelo, dándole la dirección correcta en la que debía ir. Consiguió así llegar a la puerta del muro trasero de la finca, que abrió lo más silenciosamente posible y pasó al otro lado. Frente a él, la silueta negra de la mansión se recortaba contra el cielo estrellado y se fundía con todas las sombras alrededor. Abrió una mínima rendija en uno de los lados del farol, haciendo que un brillo tenue y casi imperceptible diera formas a la espesa oscuridad, lo que hizo que, una vez atravesados los maceteros y setos del jardín, pudiera llegar a una pequeña portezuela que suponía debía ser la que llevaba a las cocinas. Para su sorpresa, la puerta se encontra...