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Mostrando entradas de 2018

Charla con mi demonio III

Cuando hablan de silencios ensordecedores, no hay duda que se refieren a todos esos momentos en que aunque nadie habla, lo escuchas. Lo oyes mascullar, disertar sobre temas y rememorarlo todo. Todas esos momentos en que aunque se posa el silencio, esta cargado de todas eso que bulle dentro. -¿Alguna vez callas? ¿Hay algún momento en que me puedas dejar en paz? No lo veo, se hace el silencio por un mínimo instante y siento que me observa fijamente, meditando. -¿Qué se considera estar en paz? No es esa absurda idea de embotargarnos en un silencio pesado y carente de recuerdos, ideas y voces, en una nada oscura y absorbente que te aisle incluso de ti mismo. No, no hay paz en ello. -Quizás sea el momento en que puedes olvidar, en que no importa el pasado. -Olvidar es imposible, deberías haberte acostumbrado ya. Aunque ahora no lo traigas a tu memoria, nada se olvida. Los recuerdos buenos, los malos... e incluso los dolorosos. Todos siguen ahí dentro, esperando algo que ...

La posada del fin del mundo

La taberna estaba en silencio, el bardo había terminado de afinar. La parroquia contenía la respiración mientras parecía esperar, con sus manos sobre las cuerdas y los ojos cerrados alguna mística señal. No era un cantante, era un narrador sin palabras. Y eso demostró en cuanto el crujir del tronco en el hogar hizo que sus dedos empezaran a rasgar las cuerdas con suavidad. Las notas revoloteaban, suaves y delicadas, acariciando a penas el ambiente y dejando el dulce sabor de su paso en las mentes de los parroquianos. Cuando terminase, ninguno sabría describir esa melodía, pero las mentes de todos viajaban a algún bello lugar. Desde las nevadas montañas hasta el seco desierto. Un viaje que para cada uno se detenía en un lugar, un tranquilo claro donde se refugiaban en los peores momentos.  Todo el mundo estaba embelesado, las jarras detenidas a medio camino del trago, las bandejas detenidas en su camino llenas a partes iguales de jarras llenas y vacías. Incluso la espita se ...

Esperanza

Despierto, a oscuras, tirado en la cama, intentando recordar el sueño que me ha estado atormentando toda la noche, una vez más. Noto el vacío, ya no estas ahí, en mi vida, te fuiste porque pensaste que era lo mejor. Miro la hora en el móvil y se que debo levantarme, pero por un eterno minuto me tienta hablarte, aunque se que no responderás. La ducha llega para calmarme, el agua caliente limpia el sueño, la fría las penas. No debo anclarme, no puedo parar en el momento del pasado, aunque mientras el agua diluye la carga de la noche, no dejo de desear, de intentar transmitirte que vuelvas, que hablemos de nuevo y volvamos a fundirnos en un abrazo y un beso como antes. Pero no podrá volver a pasar. Desayuno en silencio, ya la música no suena. No ansió su melodía, aún busco otra, pero al final conectaré la cadena y dejare que la letanía de turno, un disco con las canciones que me enseñaste, suene como banda sonora de la mañana hasta que salga a trabajar. El mundo no se ha detenido, l...

Gula

Se encontraba en la calle, con el frío calándole a pesar de la pelliza. El idiota de su jefe volvía a llegar tarde, considerablemente tarde. La había invitado a uno de los pequeños negocios clandestinos que a veces surgian en aquella ciudad retrógrada y llena de prohibiciones. Nadie sabía exáctamente cómo o por qué, pero esa ciudad era un micropaís que se había anclado en normas intolerantes y ni sus vecinos ni las organizaciones gubernamentales de otros países se atrevían a intervenir. Una teoría era que debido a la gran cantidad de prohibiciones, el submundo había alcanzado un nivel de organización y efectividad tal que había terminado centralizando el submundo del resto del mundo. Quizás fuera así, sería una explicación que se ajustaría al miedo que tenía cualquier país para ejercer presión y que la ciudad pasara a respetar completamente los derechos humanos. Sus pensamientos quedaron interrumpidos cuando al fin su jefe apareció doblando una esquina, con una sonrisa arrogante en s...

Vals

El sonreía encantador, sin dejar de mirar sus ojos, sin desviar ni un milímetro la mirada más allá de las profundidades de sus pupilas. Iba vestida con elegancia, sin recargo en su vestido ni exceso de joyas. Solo una pequeña gargantilla y unos pendientes diminutos. El pelo recogido en una elaborada trenza le caía sobre su hombro derecho. Su rostro, apenas maquillado, quedaba completamente expuesto para enmarcar sus labios rojos y esos ojos que lo absorbían. Se había acercado a ella, con una sonrisa en sus labios, tomando su mano y depositando un suave beso en ella. El traje, a medida, le sentaba como una segunda piel, muestra de la buena mano del sastre. Era de un color gris, el color que esperarías encontrar en una oficina, pero que en aquella fiesta era un faro entre la niebla. Sin embargo, la confección y la calidad lo hacían encajar de alguna manera. En su cuello, una pequeña cadena permitía adivinar algún colgante oculto bajo la camisa blanca, con el último botón desabrochado y...