La taberna estaba en silencio, el bardo había terminado de afinar. La parroquia contenía la respiración mientras parecía esperar, con sus manos sobre las cuerdas y los ojos cerrados alguna mística señal. No era un cantante, era un narrador sin palabras. Y eso demostró en cuanto el crujir del tronco en el hogar hizo que sus dedos empezaran a rasgar las cuerdas con suavidad.
Las notas revoloteaban, suaves y delicadas, acariciando a penas el ambiente y dejando el dulce sabor de su paso en las mentes de los parroquianos. Cuando terminase, ninguno sabría describir esa melodía, pero las mentes de todos viajaban a algún bello lugar. Desde las nevadas montañas hasta el seco desierto. Un viaje que para cada uno se detenía en un lugar, un tranquilo claro donde se refugiaban en los peores momentos.
Todo el mundo estaba embelesado, las jarras detenidas a medio camino del trago, las bandejas detenidas en su camino llenas a partes iguales de jarras llenas y vacías. Incluso la espita se había cerrado a medio llenar la pinta, consciente la mano que la sostenía que si la abría en aquel momento, sería incapaz de saber cuando cerrarla. Ya no estaban allí, en una noche desapacible en una posada en medio de ninguna parte.
Cada sueño era diferente, pero todos sonreían perdidos en él. Conscientes de que la imagen solo era una felicidad fugaz, se dejaban llevar por ella. Algunos se encontraban con un rostro conocido, caricias, sonrisas y sensaciones perdidas u olvidadas. Otros con la dicha de compañía que no conocían pero sabían que esperaban al final del camino. Algunos incluso disfrutaban con sus manos hundidas en aquello que mejor hacían en una felicidad continua.
Una capa negra entró en la sala, en aquel lugar perdido de todo tiempo inundado de aquella misteriosa melodía, dirigió un gesto de saludo al bardo y se detuvo cerca de uno de los parroquianos al que susurró algo al oído. Este dejó la jarra en la mesa y con su sonrisa perdida en la melodía, siguió a la negra capa hacia el exterior, sin miedo o temor.
La música no tardó en perder velocidad, muriendo a las pocas notas y haciendo que la posada regresara a la vida, como si nada hubiera pasado. El jolgorio resurgió, haciendo que pareciera una taberna normal y corriente. Un jolgorio que solo se detuvo un momento cuando la puerta se abrió para dar paso a un nuevo viajero que se sentó en el único asiento libre que había.
En su asiento, el bardo comienza a afinar, consciente de que la noche no iba a terminar, no en ese lugar de paso antes del último viaje que les deparaba a todos los que allí llegaban. No era necesario que escuchara las notas, sabía cuanto ajustar cada cuerda para arrancarle el tono que requería la melodía y en cuanto todas las cuerdas estuvieron en su punto, con un solo rasguido llamó al silencio, cerró los ojos y preparó las manos sobre las cuerdas.
Otra alma debía cruzar.
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