Lo normal para un callejón era encontrarlo sombrío, sucio y posiblemente con un olor que ha desarrollado personalidad propia. Por eso resultaba tan impactante encontrar que el callejón en el que se había adentrado no solo estaba impoluto e iluminado levemente, sino que las tiendas de artículos de dudosa legalidad que había salpicados por allí tenían un aspecto más pulcro que cualquiera de las tiendas del barrio noble. Cuando llegó a la capital de la provincia austral no esperaba que su primera incursión en los lugares dedicados a la clandestinidad fueran tan difíciles de distinguir si se comparaban a las tiendas o incluso las calles de cualquier otra zona de la ciudad. Tal era la poca diferencia que incluso la guardia paseaba por allí en su ronda de guardia, convenientemente ciegos a los carteles de algunos puestos que anunciaban productos que el mero hecho de mencionarlos en cualquier lugar del imperio valdría como mínimo una larga estancia en prisión. Sin embargo los guardias so...