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Día 1

Abrió los ojos y se quedó mirando al techo durante un momento. No podía recordar lo que había estado soñando, pero una sensación de que algo iba a salir mal le formaba un nudo en la garganta. Con esfuerzo se irguió en la cama y miró a su alrededor el cuarto en penumbra, cruzado por un fino haz de luz que entraba por un resquicio de la persiana que cubría la ventana. Tras intentar recordar una vez más sin éxito el sueño, se levantó de la cama y abrió la persiana dejando que entrase a raudales la luz de la mañana, iluminando el dormitorio. Se dirigió hacia el ordenador y mediante un pase de la mano sobre el sensor, se activó y comenzó a iniciarse mientras realizaba la primera visita del día al baño.

Para cuando regresó frente al ordenador, este había terminado de iniciarse y esperaba paciente mostrando el escritorio del sistema operativo a que diera alguna orden de lo que hacer a continuación.

-"Inicia el sistema de gestión de mensajes y accede al portal de inicio."-dijo al sensor mientras buscaba la ropa que ponerse para ir al trabajo.

Llevaba en la empresa a penas una semana, pero el jefe le había dicho que valía para ello y que no tardaría en ascender. Esas palabras eran todo un cumplido en la profesión, sobretodo para un novato como él. La mayoría solían dejarlo pronto, superados normalmente por los encargos.

-"Tiene dos mensajes nuevos y una petición de encargo."-zumbó la voz electronica del ordenador.

Se dirigió hacia él mientras terminaba de vestirse y abrió primero los mensajes. El primero era una invitación para asistir a una celebración en la ciudad alta. "Otra vez" pensó mientras borraba el mensaje. Desde aquel encargo no había dejado de hacer eso con todos los mensajes que ella le mandaba y él no quería verla.

El segundo mensaje era para avisarle de que ya disponía de los ingresos del último mes, tanto el tiempo en paro como de los encargos que llevaba hechos. Era una cantidad pequeña, pero le había dado para poder vivir sin rascarse los bolsillos. Ahora que tenía el trabajo, seguramente podría empezar a pensar en ahorrar.

Terminó de arreglarse y abrió la petición del encargo que podría aceptar para llevar a cabo hoy. Repasó las líneas con la mirada y las releyó un par de veces antes de pulsar en la pantalla para aceptarlo. No era muy difícil, el clásico encargo de ir al lugar, hacer el trabajo y volver para avisar de que todo estaba listo. Apagó el ordenador y salió por la puerta de su casa, no sin antes cojer su rifle de asalto, la herramienta básica para su trabajo.

La oscuridad del pasillo estaba atenuada por un par de macilentas bombillas que seguramente haría años que no se les había quitado el polvo de encima. El contraste entre su casa, arreglada y de apariencia medianamente nueva, con el resto del viejo edificio era una de las cosas que más le gustaban de vivir allí. En general todo el barrio era un nido de decadencia que se había ido quedando abandonado en los últimos 20 años. Por eso le gustaba vivir allí.

Bajó las escaleras con cuidado de no caer en los escalones flojos o los que cubiertos por la alfombra escondían la ausencia de un escalón. Estos últimos los había memorizado por las malas. Pero aún así el viejo edificio le parecía el mejor lugar donde vivir. Empezó a pensar en el encargo que acababa de aceptar mientras terminaba de llegar al recibidor y escudriñó por los huecos de la puerta blindada mientras comprobaba que tenía balas suficientes para llegar a los aparcamientos. Viendo que no había movimiento fuera, abrió la puerta con cuidado, no dejando entrar en el edificio mas que una ligera línea de luz matutina. En cuanto salió, cerró la puerta en silencio tras de sí y comenzó una carrera medio andando, medio corriendo, sin dejar de mirar a su alrededor en busca de señales de que habían sido alertados.

Llegando sin problemas a los aparcamientos subió a su coche y arrancó. Dando gracias, como cada mañana, a los ingenieros que desarrollaron los motores silenciosos de todos los vehículos que había hoy día, salió rumbo al barrio residencial de Iskemia, unos kilómetros al este por la circunvalación, donde estaba el objetivo marcado para el día de hoy.

Mientras iba por la autovía, contempló distraido el paisaje que se mostraba a ambos lados. Ciudades abandonadas, algunas completamente destruidas y convertidas en eriales llenos de sombras donde se formaban nidos de sus presas. Otras ciudades habían sido devoradas por los bosques y daban un fuerte contraste de vida, frente a la vastedad de las otras ruinas. No pudo evitar pensar en la cantidad de gente que había en aquel entonces, antes del incidente, y en como se había reducido su número y habían quedado confinados en zonas localizadas, bastante numerosas. Como siglos antes, cuando había muchas ciudades y pueblos.

Dejó sus ensoñaciones a un lado y aceleró rumbo a su destino. La tarea podría llevarle tiempo y quería terminar antes de anochecer.

Acababa de llegar a su destino y repasó una última vez los datos del encargo. Uno de esos seres había salido del nido y había terminado en aquel barrio despues de quedar desorientado. De eso hacía una semana. Al principio les había parecido gracioso a los habitantes de Iskemia, pero tras un par de muertes, todo lo gracioso del asunto había comenzado a evaporarse.

Y ahí es cuando entra en acción la empresa. Dedicada a la caza y control de esos seres, se había hecho con el monopolio de la seguridad en todo el planeta. De hecho, las empresas rivales eran, literalmente, masacradas por los seres, aunque a veces había un poco de ayuda de la competencia. Contrataban con cierta frecuencia a gente que daba muestras de ser capaces de manejar situaciones de riesgo. Los más veteranos de la empresa se decía que incluso habían sido soldados en el caos de hacía 15 años, cuando los nidos eran tan grandes que era cuestión de supervivencia acabar con ellos.

La presa en esta ocasión era de tamaño medio, no demasiado peligrosa, pero una molestia de cuidado, como una garrapata enganchada a la córnea. Lo mejor para encargarse de ella sería tenderle una trampa para hacerla salir a descubierto y luego aplastarla. Observó las calles amplias de la zona y eligió un cruce despejado, con buen ángulo para cazarlo desde los tejados.

Abrió el maletero y sacó un par de maletines y un saco cuyo contenido sonaba a algo a medio camino entre sólido y líquido. Llevó el coche a un par de casas del punto donde prepararía la trampa y volvió al cruce, dejando el saco en el centro mientras de uno de los maletines sacaba unas cuantas granadas de gas y las colocaba alrededor de toda la zona. Cuando terminó de montar toda la trampa que desconcertaría al bicho, subió hasta el tejado de una de las casas que hacían esquina en aquel cruce, una casa de una planta y media de altura abandonada cuyo tejado medio derruido le daría cobertura para esconderse y le permitiría apuntar y disparar con buena precisión a su presa.

Abrió el segundo maletín y sacó el rifle de balas antiblindaje que iba a usar para abatir al ser. Era mediano, pero aunque pudiera ser aplastado, no había bota suficientemente grande o pesada para hacerle mella. Sin embargo esas balas de penetración se encargarían de dar buena cuenta de algun que otro órgano vital.

Tiró del hilo que había preparado y abrió el saco que estaba en el cruce, dejando que la zona entera quedara inundada por el olor dulzón de la carne en putrefación.

Cerró las cortinas mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte. Había pasado el día viendo como el cazador preparaba las trampas y se apostaba en el tejado a la espera de la molesta criatura que llevaba días siendo la comidilla del barrio. A los niños les había gustado tenerla como mascota del barrio e incluso le habían puesto nombre. Ella, personalmente, la aborrecía por ser lo que era. Esa especie había diezmado a la raza humana, obligándola a vivir en pequeños barrios alejados unos de otros y separados por bosques y eriales, ambos cuales habían aparecido sobre las ruinas de las ciudades y la civilización de antaño. Sus padres habían sido de esos radicales que defendían que podía haber una coexistencia entre los humanos y esos seres. Tan abnegados a la causa eran, que olvidaron que tenían una hija. Ni siquiera se acordaron de ella cuando sus "amigos" terminaron devorándolos.

Con un suspiro empezó a apartarse de la ventana para empezar a prepararse algo de cenar cuando se quedó clavada en el sitio. Los cristales blindados y los espesos muros de hormigón no podían mitigar el sonido que la había acompañado desde la noche de la muerte de sus padres. No necesitaba mirar por la ventana para saber que la criatura había olido el cebo.

Esperó, sentada en el suelo sin siquiera moverse. Había procurado por todos los medios posibles alejarse dentro del barrio de donde estaba el nido de la criatura. Pero había ido creciendo y era imposible alejarse lo suficiente para no escucharla moverse. La vibración de cada paso y un sonido como de arrastrarse paralizaban cada célula de su cuerpo. Ella había llamado a la empresa de cazadores para que terminara el suplicio, para que terminara de escuchar moverse a ese ser y poder dormir sin tener que recordar aquella noche.

Contuvo la respiración cuando la criatura se paró y entonces la explosión del disparo hendió el aire. Deseaba que con esa explosión se escuchase el derrumbarse del cuerpo de la bestia, pero no pudo evitar gritar de pánico y de dolor cuando el aullido casi humano del ser hendió el aire en el barrio de Iskemia. Mientras gritaba, hasta tres disparos más sonaron ensordecidos por el aullido, apangándolo lentamente en un gorgoteo de ahogamiento.

En el suelo de su casa, ella derramaba lágrimas silenciosas mientras estaba inconsciente. En la calle, el cazador despedazaba a su pieza y realizaba la llamada para avisar que el trabajo estaba hecho y que deberían ir a limpiar la zona.

Terminó de recoger las cosas y las metíó en el maletero. Fue hacia el cruce donde el pelotón de limpieza estaba arreglando los destrozos ocurridos durante la caza. El trabajo había sido fácil, quizás demasiado. Habló unas palabras rápidas con el jefe del pelotón y le entregó una bolsa negra con la cabeza de la criatura, la prueba de su trabajo, que debía ser llevada a la central para poder cobrar.

Viajaba de regreso a casa, dejando atrás Iskemia mientras la oscuridad salía de los rincones de las ruinas. El mundo se había convertido en una ruina perpetua donde el ser humano intentaba sobrevivir y todo por culpa de aquel incidente. Antes de aquello, la raza humana tenía una cultura floreciente. Milenios de guerras habían conseguido quedarse atrás, permitiéndolos vivir en una paz desmilitarizada. Ese fue el primer vástago del incidente. Tanta paz y calma, hizo que todo en la sociedad humana se volcase en aumentar la esperanza de vida, buscando la manera de erradicar las enfermedades. Esa fue su perdición.

Recordaba cuando era un niño, las películas de futuros apocalípticos. Cuando aparecieron las primeras criaturas muchos clamaron que había comenzado el apocalípsis zombie, pero estas criaturas eran muy diferentes. Más listas, más insaciables y muchísimo más organizadas. Otros muchos piensan que fueron animales mutados por las continuas pruebas de los nuevos fármacos. También se equivocan, al menos en parte.

Terminó de llegar a los aparcamientos y tras dejar el coche se dirigió con cuidado hacia su casa. La noche era el momento en que los cazadores se convertían en cazados y habiendo pasado ya la medianoche, ni siquiera la prudencia de no entrar en lugares habitados estaba presente. Cuando cerró la puerta tras de sí, pudo calmarse un tanto. Le había parecido escuchar un par de gruñidos desde las sombras, pero no se habían materializado.

Entró en su casa y lanzó al sillón la ropa sucia y apoyó cerca de la puerta su arma. Se dirigió en la penumbra hacia su dormitorio, pero se detuvo a medio camino. Algo no iba bien allí. Escuchó un crujido tras la puerta de su dormitorio y sacó su pistola. Con cautela abrió la puerta y algo se abalanzó contra él sin darle tiempo a reaccionar.

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