Cualquiera podría decir que era un mal día para salir. Quizás tendrían razón. Y aún así, a pesar de todo, se sentía vivo a pesar de los días que hacía que no pensaba, que no sentía, que no existía. Era irónico pensar en sentirse más vivo que nunca, en mitad de una guerra, entre el olor de muerte y alcohol. Caminó entre las trincheras del combate, con gente derrumbada a los lados, incapaces de sostener la cabeza en alto de puro cansancio, apesadumbrados por la desazón y la desesperanza. Veía como algunos se levantaban con un esfuerzo digno de Atlas y continuaban la lucha, armas en mano y arreglandose el traje de combate. Caminaba entre los heridos y los muertos, viendo lágrimas y silencios, pero tambien gente que no se detenía. En una guerra no hay tiempo para llorar a los caídos, a menos que quieras unirte a ellos. Las marchas forzadas, el incansable esfuerzo y ojos apagados, unos por tristeza, otros por cansancio de luchar contra un enemigo que golpea como la marea, en oleadas con...